El silencio no es nuestro idioma - Por Pato Wolff

Entrar a la cancha... Entrar a la cancha a cantarle a La U... No importa cómo, pero estar ahí.
Docenas son las historias que guardan los accesos a un estadio de fútbol. Ese portal mágico y significativo que representa tanto para el hincha azul. Un muro de Berlín cuando se está frente a él, y una felicidad indescriptible cuando se traspasa.
En relación con esa felicidad, he preparado un pequeño ranking con los tres mejores y más increíbles métodos para ingresar a un estadio.
Olvídense de la vieja, querida y siempre efectiva avalancha, lo que leerán a continuación es ingenio puro, digno de un "Óscar", situaciones bizarramente divertidas.
Tres historias reales, y que publicaré por separado para satisfacer los paladares exigentes de cada lector de Historias De Un Barra Brava.
Acá la primera, o la tercera regidos por el ranking.
NÚMERO 3:
"Robertito", es un miembro de "Los Nonguen Azul", un piño de la población Villa Nonguén de la Octava Región. Hace un tiempo, se encuentra bajo las injustas y opresoras esposas del derecho de admisión, las cuales le prohíben ingresar a un estadio de fútbol.
Sin embargo, eso no fue impedimento para que en la madrugada de un sábado, él se subiera con lo puesto al bus que lo llevaría a ver el último partido del campeonato pasado de nuestra amada Universidad de Chile. Eso en teoría por supuesto, ya que estaba cagao' por todos lados; para comprar una entrada necesitaba su rut, y eso significa que el sistema de inmediato le haría mansa ni que tapita. Para ingresar al estadio necesitaba su carnet, el cual por lógica no puede mostrar, ya que se iría con flor de pata' en la raja directo a un calabozo.
Pero "Robertito" tenía algo en mente, algo que pensó durante el refrescante sorbo de una Becker, o quizás lo imaginó una y otra vez mientras cantaba "Al León pasión infinita, al León locura total" en la velocidad de la carretera. O quizás solo lo soñó.
— Su carnet por favor.
— ...
— Señor su carnet.
— ...
— A ver déjeme ir a buscar a mi supervisor.
— ¿Su carnet?
— ...
— ¿Señor?
— ...
— Espere un momento, voy a llamar a carabineros.
— ¿Tu carnet flaco?
— ...
No era que Roberto solo no quisiera hablar, de hecho no podía, o mejor dicho, su "personaje" no se lo permitía.
Ante la obligación de inventar algo, a Robertito no se le ocurrió nada mejor que hacerse el mudo, y mostrando un papel todo roñoso en donde estaba escrito el rut del "Vato" de Los Vikingos de Hualpén, y haciendo unas señas supuestamente en lenguaje sordo-mudo (que por lo demás eran más falsas que Mapuche con rulos) el paco conmovido por lo que le tocó vivir a este ciudadano, dio la orden para que lo dejasen ingresar.
Aunque aún faltaba algo. De la nada, y como le ocurre a aquellos que la suerte desprecia, apareció una guardia con conocimientos reales en lenguaje de señas, y mientras ingresaban el rut, le preguntó a Roberto algunas cosas en dicho lenguaje.
Robertito, quien hasta ese instante transpiraba más que cacha e' guatones, la vio más pelua' que sobaco e' mendigo, ya que la única huea' que sabía decir con los dedos, era, "no".
Sin embargo, recordó uno que otro capítulo de Naruto, que viera con algún sobrino alguna vez, y emulando un jutsu de salvación, se retiró más que rápido del lugar, ante la confundida mirada de la experta.
Se alejó varios metros, y en la seguridad de la multitud, puso ambas manos como dejando su boca entre paréntesis, tomo aire y desde lo más profundo de su corazón les gritó:
"¡CHAO CONCHETUMARE!"
Una vez dentro, Robertito rompió la voz como ninguno, y se llevó con él, una buenísima historia la cual ocupa el tercer lugar en este ranking.
Regresar al blog

Deja un comentario

Ten en cuenta que los comentarios deben aprobarse antes de que se publiquen.